La memoria del agua

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¿Es posible que el agua tenga memoria? Dicho así , llama la atención, ¿no?.

La idea la plantea en la década de los 80, un investigador francés, Jaques Benveniste, que basándose en las reglas de la mecánica cuántica, experimenta con una eventual capacidad de transmisión de datos por ondas electromagnéticas que pueda tener el agua. Pensemos que en física cuántica , la materia tal como nosotros la conocemos, no es tal, sino un conjunto de frecuencias vibracionales, y dado que nuestro cuerpo está formado por un 75% de agua, una capacidad así tendría unas posibilidades increíbles. Como es de suponer, una idea tan “explosiva” fue ridiculizada por el establishment del momento, aunque su autor la continuó defendiendo hasta su muerte.

En 2009, Luc Montagnier, virólogo francés de reconocida valía, descubridor del virus del SIDA y Premio Nobel de Medicina en 2008, publica una hipótesis relacionada con la posibilidad de que el ADN de algunos agentes infecciosos pudiera ser identificado en una solución acuosa, después de múltiples diluciones de una determinada sustancia, tantas que ya no quedara molécula alguna de la sustancia original, según, naturalmente, la física convencional. Esto anularía directamente  la principal crítica científica que se hace a la homeopatía, por ejemplo. El mecanismo por el cual se podría identificar dicho ADN se basaría en el reconocimiento de las ondas electromagnéticas generadas por sus moléculas de proteína, que persistirían en el agua. Cuando se le pregunto a Montagnier por el escándalo que produjeron sus publicaciones en la Academia de Ciencias, contestó que “hay que abrir la mente y apartarse de los caminos ya transitados “.

Otro investigador, Masaru Emoto, publica en el libro “ Los mensajes del agua “ unas fotografías  de la visión microscópica de una gota de agua cristalizada al congelarse. Es impactante ver las diferentes estructuras obtenidas cuando se observa la misma gota sometida a diferentes situaciones, como  por ejemplo, antes y después de ponerla en contacto con otra sustancia. Uno pensaría que una vez el agua ya no está en contacto con esa sustancia, su estructura debería regresar a la organización original, pero no es así, porque persiste la imagen provocada por el contacto. Emoto va mas allá, comprueba cambios estructurales del agua al someterla a cambios de sonido, o de iluminación, e incluso a   ¡¡¡ pensamientos  o palabras  !!!. Esto le lleva a postular que el agua mantiene un “recuerdo” del contacto con ondas electromagnéticas generadas incluso por pensamientos.

La importancia de este planteamiento podría ser enorme. Ya he citado la homeopatía, que se ha considerado con efecto únicamente placebo por administrar una solución acuosa de una sustancia que ya no está presente en la solución, pero si aceptásemos que esta memoria del agua pueda tener una repercusión en un organismo, la posibilidad de tratar enfermedades únicamente con “agua” representaría  un cambio socio-sanitario tan impensable, pero tan importante, que la sola teórica posibilidad de que fuera real justificaría  dedicarle un esfuerzo de investigación, evitando la negación sistemática. Incluso, yendo mas allá y recordando que la estructura de la gota helada varía según “pensamientos”, se plantearía la corresponsabilidad individual del paciente en el tratamiento de su enfermedad, reconociendo la importancia que tiene en el tratamiento de cualquier patología, la actitud del propio paciente, idea que, por otro lado, no creo que ningún terapeuta con experiencia discuta.

Esto parece ciencia ficción, si, pero Leonardo da Vinci diseñó, o  Julio Verne imaginó, y muchos otros, multitud de elementos de ciencia ficción que posteriormente pasaron a ser realidad. Quien les iba a decir a nuestros antepasados, un siglo más atrás únicamente, que podríamos vernos en directo en una pantallita ¡¡¡.


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